Hace caricias atrás...
Cae por mi cuerpo y no le intimidan mis miedos ni las brutalidades que mi garganta entona, no le molestan mis movimientos ni la torpeza evidente al mover mis pies, no critica mis malos modales ni las groseras palabras que grito cuando algo no sigue el rumbo planficado.
Sigue cayendo, pero siempre brota desde esa zona inalcanzable por mis manos.
Intento alcanzarle con la mirada, pero descubro que brota con fuerza desde aquellos lugares inhóspitos donde solía esconderme hace tantos besos. Caricias que renacen entre lo yermo, imágenes de un tiempo hace algunos abrazos.
Tendidos en la cama observando el techo. Tus palabras flotaban en mi mente dibujando historietas en la madera clara, tu mano tomaba la mía y sentía escribir con la misma tinta, fluir la misma sangre. Podía sentir ese calor abordándome y haciéndome sentir parte de una novela escrita en clave; coincidencia perfecta de tiempo y espacio. Sueños intervenidos por repentinos brincos, leves sonidos que no me permitían dormir, pero junto a ti permanecer en pie llenaba de sentido el contemplar esa leve sonrisa imaginaria que se dibujaba en tu cara.
Me sentía como hace tantos besos, antes de la desilusión y el error, antes del arrepentimiento; me sentía reiniciar y revivir.
Tu corazón fallaba a momentos, lo sabía. Deseé aprender a vivir con él, con el sueño inquieto y la vida pendiente, con tu mente perdida y tus sueños rotos, intenté reparar lo irreparable, continuar sin sanar.
Volábamos juntos, tomábamos hilos y nos dejábamos caer sabiendo que algo muy débil nos mantenía vivos.
Seguí tus pasos, tomé con fuerza tu mano. Sentí sanar, reparar los daños. Respirábamos en armonía y nuestros pasos adquirieron ritmo propio, un mismo ritmo que derivaba en caricias.
Se tornaron vacías. Oscureció instantáneo y repentino: se esfumaron las historietas, las caminatas por el centro, los pies en alto para desanimar al cansancio, las comidas compartidas.
Continuaba latiendo, soñando y cocinando momentos.
Pero tu hilo ya no colgaba junto al mío.

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