Día 365



Aún no sé si es el día trescientos sesenta, trescientos cincuenta, sin-cuenta, sin-loquesea.

Pasan los días y cada vez todo se hace más lejano: Tu olor, tus pasos en nuestra casa, tus llantos por el fútbol y esa extraña forma de ver las cosas.
"La yo" de ese entonces yace dormida en algún lugar de este o quizás otro plano, casi muerta, casi torcida, confusa, distante.
Aún quedan fragmentos de mí repartidos sin encajar en ninguna parte. 

A casi un año de tu adiós puedo sentir que estoy un poco más completa. No solo me marcaste la piel: me marcaste la vida, terremoto en mis sueños, tsunami en mi corazón. 
Te apareces en sueños, palabras y recuerdos. Entonces recuerdo a esa yo del pasado, la que ya no existe, la que se derrumbó. 
A veces quisiera no recordarte, pero entonces entiendo que con el dolor muchas veces se aprende, se crece y cambian cosas.
Transitar por cambios muchas veces agobia, fatiga, confunde; es como caminar interminables horas por un extenuante camino cuesta arriba; solo logra cobrar sentido cuando se mira en perspectiva.

Y entonces descubro y veo: La que se derrumbó se levantó, se está reparando, poco a poco floreciendo, pero nunca será la misma.

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